La Roma de Capello fue una obra para la posteridad. Con el liderazgo de Francesco Totti y los goles de Gabriel Batistuta, el cuadro capitalino formó uno de los mejores equipos de todos los tiempos.
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Roma campeón |
Recuerdo
que me dolió mucho la partida de Bastituta a la Roma. Promediaba el
primer año del nuevo milenio y su salida de Fiorentina rompió miles de
corazones. Sin embargo, cuando se juntó con Francesco Totti entendí todo. Se
merecía un campeonato en el territorio donde se consagró para la posteridad.
Aquella
Roma de Fabio Capello de la
temporada 2000/01 brilló. Creo que es uno de los equipos que marcó un antes y
un después en la historia del fútbol italiano, con una gesta casi comparable a
la de Maradona en Nápoli. Capello, padre de la criatura, venía de triunfar en
Milán y Real Madrid, y corroboró que era (y es) uno de los entrenadores más
prestigiosos de la modernidad.
Su
equipo brotaba de memoria. Contaba con una mística poco antes vista, una
espiritualidad que se venía cultivando a la cual le faltan piezas justas para
culminar en la gloria. A la garra sudamericana y la rigidez tana, unidas por la
naturaleza de la migración, se anexó una dotación criminal de goles y un
talante de arraigo que configuró el ADN bajo las danzas seductoras de un tal
Francesco Totti. Desde lo explicado Capello remachó la impronta y obtuvo, sin
omitir angustias, el lauro.
Atajaba
Marco Antonioli, un portero que no
otorgaba todas las garantías, pero que tuvo su mejor período en la capital.
Residía la armada argenbrasilera en la defensa con Cafú, Aldair y Walter Samuel, más el francés Vincent Candela, que era un rayo
mortífero por la banda izquierda. Samuel provenía de un Boca multicampeón y,
acoplado con un experto del puesto, campeón del mundo y símbolo del club, tuvo
su mejor rendimiento en Europa, a pesar de lo que luego lograría en Inter. Y
Cafú se convenció de ser Cafú para ser el eterno Cafú.
En el
centro, por mencionar una mera ubicación geográfica se situaban el barbado Damiano Tommassi y Cristiano Zanetti, aunque literalmente se comían la cancha entera. Tras
esta exitosa etapa, sus trayectorias se diluyeron. Y esta pareja soltaba a una
fiera brasilera llamada Emerson, que
con 24 años, recién llegaba del fútbol alemán y luego se convertiría en unos de
los mediocampistas más cotizados del planeta.
Y
arriba, el tridente letal, que posiblemente ha sido la artillería más
determinante en la cronología romana: Totti-Montella-Batistuta.
Francesco Totti es la institución en sí y sobran las palabras para describirlo,
Vincenzo Montella era la figura previa y Gabriel Batistuta era el complemento
de jerarquía que le faltaba al combo. En ese entonces, el argentino era el
mejor delantero del mundo aun con 31 años y con las fatigas cargadas desde
Florencia, que nunca fueron descansadas. Y esa razón le pasó factura al goleador,
ya que un año después emigró a Inter para luego retirarse en el emergente
fútbol catarí.
Además,
al plantel se le sumó la experiencia de Eusebio
De Francesco aplacaba las furias y daba panorama al asunto. También contribuían
desde el banco el gran Marco Delvecchio,
que se vio rezagado por la llegada de Bati, la veteranía de Abel Balbo y de Zago, el curioso Hidetoshi
Nakata, el rendidor Gianni Guigou
y un joven Marcos Assuncao. Es
decir, una nómina repleta de estrellas, que no resultaron estrelladas y le
dieron a la Roma un Scudetto tras 18 años de sequía. Luego, el mismo equipo
sería segundo en la temporada siguiente y con la discutida partida de Capello y
las mayores figuras, el proyecto se disolvió.
Aquella Roma
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